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Cuando morirse

morirse

Llega una edad, a la que no me voy a referir para no importunar a nadie ni crear absurdos complejos, en la que uno se debe morir. El porqué es bien conocido por todos, aunque no lo queramos reconocer y lo ocultemos a nuestros seres queridos por si deciden poner en práctica esta teoría, aún en contra de nuestra voluntad.

Porque una cosa es cuando debe uno morirse y otra cuando quiere morirse de verdad. Y mi intención es demostrar matemáticamente cómo mediante una fórmula sencilla se puede saber la fecha exacta, precisa y aconsejable para morirse.

Ya descubrí hace tiempo, -algunos de mis lectores lo recordarán-, el porcentaje exacto de lo que la suerte influye en nuestras vidas; y otra de mis contribuciones a la ciencia económica social son las  teorías ya  famosas de la probabilidad que cada uno tiene de conseguir conquistar a la persona que desee por famosa e importante que sea. (Si alguien no lo recuerda o no conoce estos estudios pude pedírmelos contra reembolso y se los mandaré gustosamente).

Pero vayamos a lo que nos ocupa. Todo el mundo dice, plenamente convencido, que no le gustaría vivir convertido en vegetal, sin poder hablar, ver, oir u oler;  nadie en su sano juicio acepta en principio el continuar en este mundo sin tener las facultades mentales en pleno rendimiento, o casi. ¿Alguien se ve en un futuro arrastrado en una silla de ruedas con una botella de oxígeno a su lado y con necesidad de ayuda para levantarse, lavarse, comer o defecar?

Claro, claro…Todos decimos lo mismo: antes morir que vivir sin dignidad.

Pero, estudiando las estadísticas, contemplamos que esta teoría falla; que hasta los enfermos terminales se agarran a la vida con fuerza, que por mal que esté uno, quiere vivir más y más, que a nadie le importa ni su degradación, ni el coste social que supone su supervivencia, ni lo que molesta a la familia ni nada de nada: todos queremos mantenernos vivos como sea.

La eutanasia tampoco ha dado los resultados previstos, porque nadie se ha puesto de acuerdo sobre quién o quiénes son  las personas indicadas para decidir el momento justo de privar de la existencia a cualquier persona.

Por eso, para evitar subjetividades e intereses ocultos, hacía falta una fórmula. Y yo he tenido la suerte de encontrarla y hacer, una vez más, otro bien a la humanidad. Vayamos con ella:

Uno debe morirse entre los 65 y 85 años, que es una base amplia del índice de probabilidad de vida de los humanos en este siglo. ¡Elijamos una de edad comprendida entre éstas! ¡Y por favor no vayamos directamente a 85, listos!

Cada uno deberá disminuir alrededor de  cinco años esa edad si ha trabajado mucho, de dos a tres si ha fumado y uno si ha bebido.

Aumentará entre tres y cuatro años si ha hecho un uso abrumador del sexo, o se ha dedicado siempre a la política.

Se debe restar un año por pastilla, supositorio o aerosol que se ponga ahora cada día.

Hay que dividir por tres el número de amigos fallecidos si son menos de la mitad de los considerados como tales (no valen conocidos) y por dos si son más de la mitad y restarlo del número obtenido hasta ahora.

Y finalmente hacer una media de la edad de fallecimiento del padre de cada uno, del abuelo, tatarabuelo…hasta diez generaciones y sacar la media aritmética de la edad obtenida anteriormente, sumándole tres como corrector por los avances médicos.

Una vez obtenido el resultado hay que darlo a conocer a quienes no tengan nada que heredar de uno para evitar que, en la fecha obtenida, nos den un buen garrotazo en el cogote y muramos felices, el día correcto.

 

Comentarios
  1. Manuel Esteban

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