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Recuerdos Navideños

belenTendría yo unos cinco años. Mi hermana uno menos. Eran los tiempos en que las calles, en el centro de las ciudades, eran dominadas por los chavales a la hora de explayarse con sus juegos, sin miedo a ningún tipo de peligros (los coches no proliferaban como ahora) y demás temores que hoy en día acechan en lugares considerados lúdicos… Eran tiempos en que las fresqueras cumplían a la perfección…el servicio que en la actualidad nos dan los frigoríficos. Eran los tiempos en que la radio satisfacía imaginaciones que la televisión nos impide trabajarlas. En definitiva, eran tiempos en que, a pesar de no disponer de las comodidades que la técnica nos proporciona actualmente, una peculiar alegría resplandecía  en los rostros a pesar de las penurias de la posguerra.

En casa había una habitación que era una especie de sanctasanctórum, a la que no se nos permitía acceder sin el consentimiento de mi madre. En ella se guardaba lo que para nosotros suponía el mayor castigo o el mejor premio. La verdad es que, cuando tocaba aplicar el castigo, el día se había entristecido para nosotros. Sin embargo, cuando el premio nos era otorgado, nos sentíamos los chiquillos más contentos del mundo.

Aquella habitación estaba amueblada con un tresillo, una mesa de centro y…una cunita. Recuerdo que en una de sus paredes colgaba el retrato de mi abuelo que vestía traje con chaleco y lucía pajarita. La verdad es que era un auténtico dandi o, al menos, lo aparentaba.

Ciertas visitas- las que mis padres pudieran considerar de estamento social superior al nuestro- eran las que únicamente tenían acceso a ella. Las que pertenecían a la vecindad eran recibidas en la cocina, donde el aparato de radio, con su arquitectura catedralicia, presidía el familiar recinto a modo de altar, ante el que- no era preceptivo- había casi que efectuar un amago de genuflexión o gesto de venia, cuando se pasaba por delante de él, pues era el mueble más venerado y considerado de la casa. Nosotros no podíamos manipularlo. Era sólo mi padre el que lo podía sintonizar.

Recuerdo cómo, los viernes por la noche, algunas vecinas se acercaban- las que no disponían de radio- a nuestra casa para escuchar “El Criminal Nunca Gana”, serial, a la sazón, muy popular.

Pues sí, como iba exponiendo, en aquella sala se encontraba también lo que podía ser para nosotros premio o castigo: la cunita que exhibía a un Niño-Jesús rechoncho, con sonrisa en labios, que, por la Navidad, mi madre nos permitía besarlo con más frecuencia, si nuestro comportamiento había sido correcto, pero no, si había sido inadecuado. Por supuesto, el diminuto paño con puntilla, que siempre se hallaba a sus pies, daba un toque de delicadeza al pasarlo mi madre por la zona donde habíamos besuqueado al Niño. Entrañables recuerdos, cargados de tierna nostalgia… ¡Feliz Navidad 2016!

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios
  1. Pedro López Martínez

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